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La alargada sombra de Gerald Brenan
Por Carlos Pranger
 
 

La alargada sombra de Gerald Brenan

Con la publicación de El señor del castillo y su prisionero junto a Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos (ed. Alfama, 2009) se ha colocado la piedra angular del proyecto encaminado a la recuperación de parte del legado inédito del escritor inglés Gerald Brenan.

Han sido muchos años de trabajo, dedicación y de bregar con manuscritos ininteligibles. No obstante, la satisfacción que implica el conseguir aportar nuevos aspectos que arrojen algo más de luz sobre la vida y obra de un escritor como Gerald Brenan no tiene precio. El dirigir este sugestivo proyecto editorial, me permite reflexionar sobre el papel esencial y difícil de los albaceas, herederos o legatarios de la obra de un escritor muerto. «No muere un escritor sin la discusión inmediata de dos problemas subalternos: el de conjeturar (o predecir) qué parte quedará de su obra, el de prever el fallo irrevocable de la misteriosa posteridad.» Escribió Borges en 1937 tras la muerte de Miguel de Unamuno. 

Gerald Brenan nació en Sliema, (Malta, 1894) y murió en el pueblo de Alhaurín el Grande (Málaga, 1987). Fue autor de obras imprescindibles para conocer la España contemporánea como pueden ser La faz de España, El laberinto español o la celebérrima Al sur de Granada. A pesar de esto, Brenan permaneció durante gran parte de su vida como un escritor de «culto», de lectura cumplida para aquellos interesados en España, me refiero al mundo anglosajón. Porque en España no fue hasta la muerte del infausto dictador cuando finalmente se publicaron sus libros con un gran titular de prensa en un periódico ya desaparecido que mencionaba: «El Kamasutra y Brenan ya se publican en España». Y es que el escritor inglés se convirtió sin quererlo en figura pública e icono político para algunos sectores de la progresía española que a finales de los setenta carecían de referentes intelectuales.

Una vez que se celebran las exequias, se apagan las luces mediáticas y los políticos de turno se han hecho la foto, queda un largo camino para el escritor que puede desembocar en el silencio o el olvido. Brenan es un caso especial, es un autor sujeto a bruscos vaivenes mediáticos, que oscilan desde una popularidad desmesurada hasta la desaparición.

 

 

Un elemento esencial que acompañará al escritor durante ese peregrinaje son los herederos, legatarios o albaceas. En mi caso, y sin querer entrar en otros tan polémicos como pueden ser los de James Joyce o Borges, puedo asegurar que la obra de Brenan todavía se sostiene por sí misma, sigue siendo actual, y la aparición de nuevos escritos, apuntala todo lo anterior.

«Fugit indignata sub umbras» (huye indignada la vida bajo las sombras) con esas palabras dirigidas a sus conocidos Virgilio encomendó la destrucción de su obra. ¿Qué habría pasado si La Eneida, pieza fundamental de la literatura, se hubiera perdido? Aproximándonos más a nuestro mundo contemporáneo, imaginemos por un momento que Max Brod hubiera cumplido la voluntad de Kafka. Y es que el bueno de Max Brod contribuyó con su decisión de publicar, entre otros textos, El castillo, a la fundación de la novela contemporánea. Es también curioso, por no decir revelador, que aquellos escritores que indican que no quieren que se publique alguna parte de su obra o cartas después de muertos, no las destruyan ellos mismos, depositando esa terrible responsabilidad en sus herederos.  

Es verdad que uno cuando lee papeles privados, en especial cartas, surgen dilemas relacionados con la privacidad del autor, que al igual que la publicación de biografías, están más que superados en los países anglosajones, pero que todavía causan tantos problemas en España. Y es que Brenan por extraño que parezca fue básicamente un escritor de cartas. Su ingente correspondencia podría triplicar el volumen total de su obra. Es en las cartas donde convergen el escritor, la persona y el conversador, un hombre despojado de cualquier artificio literario. Aún así, esto no quiere decir que no se deba ser cuidadoso, sin llegar, por otra parte, a los extremos del nieto de Joyce y la supuesta quema de las cartas de su abuelo. Es importante discernir lo que realmente aporta a la obra del autor, y huir del amarillismo fácil. En el caso de Brenan es como sí hubiera vivido para escribir cartas, largas misivas que podían llegar a las setenta páginas. Los que hemos tenido la fortuna de leer algunas, apreciamos que posiblemente Brenan sea uno de los escritores de epistolarios más importantes de Inglaterra en el último siglo.

La sombra de Brenan es alargada, pero eso no se transluce en que su vida editorial sea normal. La fama de Brenan olvida con frecuencia su faceta de escritor. Por extraño que parezca muchos de sus libros no se encuentran con facilidad en las librerías, a excepción de Al sur de Granada  y la reciente reedición de El laberinto español.

Menciono que la sombra de Brenan es alargada porque mientras preparaba este texto para La casa de los Malfenti, recibí un correo electrónico de un redactor de cultura de un periódico de provincias, en el que me venía a indicar que  El señor del castillo y Él no aportan nada a la obra literaria de Brenan y qué carecen de interés alguno.  

No es que susodicho profesional de las letras que se gana la vida escribiendo sobre la vida cultural de su ciudad merezca una reprobación por mi parte,  pero lo más chocante es que emita juicios sobre la obra de Brenan sin haberla estudiado en profundidad, como hacen los buenos críticos. Sin duda habrá leído Al sur de Granada, pero para conocer a Brenan no es suficiente. Por lo que me expone en su mensaje, no creo que haya leído la magna biografía de Brenan, El castillo interior, escrita por Jonathan Gathorne-Hardy y magníficamente traducida por Miguel Martínez Lage. Menciono la biografía de Brenan porque la tesis del libro gira alrededor de El señor del castillo y su prisionero, un texto fundacional. Y no es casualidad que así lo crea Gathorne-Hardy, amigo personal de Brenan, y que estuvo inmerso durante más de cinco años en el particular universo del autor inglés estudiando sus cartas y obras inéditas.

 

 

Tampoco es casualidad que Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, un ejercicio poco común de sinceridad de Brenan consigo mismo, aparezca como segundo texto de este primer volumen de inéditos. Estos aforismos son sin discusión germen de Pensamientos en una estación seca, último libro publicado en vida y que recoge los retazos de toda una vida dedicada a la reflexión y a la literatura.

Con la publicación de El señor del castillo y Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, se nos presenta la posibilidad de leer a Brenan en un registro diferente y, al mismo tiempo, conocer un poco más a la persona que se escondía detrás del escritor.

El señor del castillo es un texto con una enorme carga alegórica, es un trasunto simbólico sobre las difíciles relaciones que mantenía Brenan con su padre y la poesía. Su padre no quería que se dedicara a la poética, el refugio que encontró Brenan durante los duros años que pasó sometido a la rigurosidad y disciplina de los internados ingleses.

Sin embargo si existe algo que destaca en ambos textos inéditos es que remiten constantemente a la niñez de Brenan. Todos los escritores acaban buceando en sus experiencias de la niñez para escribir. «El pasado dicta el futuro, el futuro regresa e invade el pasado, ambas son partes integrales de la personalidad».

Y es que con los años Brenan también se convirtió en un consumado escritor de aforismos. En Él alcanzan un momento álgido. Brenan despojado de todo pudor, se sacrifica en plaza pública, delante del lector, en un excelso ejercicio socrático fundado en el conocimiento de uno mismo, que es casi siempre doloroso. Lucas Martín, poeta y escritor, señala que en Él «Brenan se parece a un Thomas Bernhard coloreado, un prosista implacable y sentencioso, sin ningún tipo de rubor a la hora de atacarse a sí mismo».

Gerald Brenan, personaje mediático, escritor estudiado y profusamente publicado, con más o menos acierto, dejó varias dudas. Sobre todo el camino que transitó un joven lleno de sueños poéticos, deseoso de seguir los pasos de Percy Shelley, para acabar convertido en un excelente prosista sobre la compleja historia de España, su literatura y sus gentes. El señor y Él nos arrojan algo de luz sobre el asunto. Pero lo realmente importante es que Brenan renace por medio de la palabra escrita, la única arma que esgrimen los escritores.

 

 

Todo lo anterior viene a colación porque el crítico literario debe conocer algo de la vida de un autor, debe intentar ir más allá de lo que haría un lector, conectar los elementos literarios con los biográficos. En este caso el susodicho crítico también parece obviar que con El señor del castillo Brenan descubrió que le gustaba escribir sobre sí mismo, y es además el texto inductor de toda la obra autobiográfica posterior de Brenan: Una vida propia, Memoria Personal y Al sur de Granada. Se podría aseverar que sin El señor posiblemente nunca hubiera existido Al sur de Granada. Tanto en El señor del castillo como en Él, Brenan se convierte en lo que Stefan Zweig llama «un poeta de su vida».

Hoy día sigue perdurando una imagen bastante romántica del escritor como un ser casi divino que crea sus escritos de la nada. Algo completamente falso. Todos los escritores poseen fuentes de inspiración y siguen una evolución. Por ejemplo, el Gustave Flaubert de Madame Bovary, no lo hubiera sido sin su novela de autor joven titulada Noviembre, o el Ernest Hemingway de El viejo y el mar, no lo hubiera sido sin Three stories and ten poems.

Los herederos de escritores famosos, o los que estamos inmersos en la publicación de sus escritos inéditos nos vemos muchas veces en tesituras complicadas. A pie de calle se dice que por cada uno que trabaja hay veinte personas que miran y dirigen, u opinan sobre el desempeño del otro. Los legatarios sufrimos una situación parecida, nunca podremos contentar a todos. Algunos críticos consideran que no se deben publicar ciertos textos, simplemente porque no conocen lo suficiente la obra del autor. Por otra parte, ciertos académicos piensan sin pudor alguno que de un autor se debe publicar hasta la lista de la compra.

 En resumen, la publicación de El señor del castillo y Él, está suficientemente argumentada en el prólogo del libro, y de manera somera en este artículo.  Es más, don Gerardo, que es como le llamaban los andaluces, durante los últimos años de su vida se aficionó a las lumbres que consumieron parte de su legado. Sobrevivieron relatos, cartas, poemas y diarios, entre ellos el Señor del castillo y Él. Secuencia de pensamientos autobiográficos, y no es casualidad que no los quemara por el significado y el cariño que les tenía. Por algo será. Ante esto poco más se puede añadir. A fin de cuentas, Brenan está por encima de todos nosotros y ha resurgido por medio de la palabra, guste o no.   

 

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