
Pez fuera del agua esta vez. Pez tierra adentro. Pez abrasado al fuego de bombardeo selecto con salsa de sangre ajena.
1.
A tenor de lo que voy contando en el salón, en el pasillo, en el recibidor, en la cocina de esta Casa de los Malfenti con cada nueva estación, y años van siendo, se tendrá acaso la impresión, a mí a menudo me ronda, de que las aguas por las que navega el pez de tinta poco o más bien nada tienen que ver con el mundo en que vivimos. Más que de tinta, éste parece un pez estratosférico, dirá más de uno sin que le falte mucha razón. Hace nada me preguntó un plumífero de los que cada semana se encaraman a su columna a otear el horizonte ―con las aves no tenemos por qué llevarnos mal los peces: basta con que el pez se vuelva agua cuando el ave tenga hambre― por mi visión de este asunto tan manido de la crisis que, como el espectro del que hablaba Karl Marx, asola Occidente, con la particularidad de que la crisis no es un jinete apocalíptico, sino una verdad como un templo que nos hemos buscado nosotros solos. O que otros se han buscado con la connivencia de todos.
Gracias por pensar en mí, le dije al ave incapaz de ver bien en derredor, pero la verdad es que no ando críticamente nada ocurrente, y la crisis me astilla la finura. Como mucho, diría aquello que decía un disco: "Crisis? What crisis?" Es decir, que la soi-dissant crisis galopante nos pilla mayores y escasos. Los que leemos vamos envejeciendo y somos pocos desde hace tiempo: mientras no nos muramos, ahora que somos los últimos, la crisis no puede afectarnos. Además, los libros ganarán valor de canje en el empleo del ocio, porque según se mire baratos siguen siendo casi todos. O eso dicen, vaya, pero yo es que vivo en el xviii cuando no estoy en el Mississippi.
El plumífero luego no publicó su minirreportaje sobre la crisis, acaso porque las proporciones de la misma aumentaron tan de pronto que al pelícano le pareció mejor dejar en paz a las sardinas.
2.
El poder, que suele ir de ganchete con su señora la crisis ―o su mantenida: lo mismo da, es la misma― a las mejores fiestas que se celebren en todo el planeta, y que invita a quien quiere y deja en la puerta a quien le viene en gana, últimamente con ganas anda de reforzar el esprit de corps que le pueda quedar en el cuerpo al ciudadano que flaquea. En Inglaterra, por ejemplo, se adiestra a civiles para que sean ellos los policías que detecten antes que nadie la amenaza. Ya darán aviso los avisados ciudadanos a la autoridad competente cuando vean al hombre de los caramelos a la puerta del colegio o al ciudadano de otra etnia, sospechoso de islamismo, que casi seguro viene con malas intenciones, malencarao, y porta artefactos con los que hacerlas realidad. Desde las esferas más patinadas o mugrientas del poder, desde los salones de los palacios y las asambleas de las naciones, y desde este patio de vecinas de la aldea globalizada, y desde los retretes de los reptiles, ¿no se nos instiga incluso a aislar y denunciar al maltratador? Y desde la banca y el Estado se ufanan en afirmar que es cada cual quien decide, así nos mientan y traguemos ruedas de molino, a qué se destinan los impuestos que religiosamente abona. «No en mi nombre,» dice el bendecido eslogan.
Por eso mismo, por su condición de extraterrestre del subsuelo o marciano abisal, resulta inquietante que de pronto un día tenga el pez un brote brutal de conciencia política, ese órgano difuso que se creía metamorfoseado en la vesícula biliar de los de su especie. A fin de cuentas, «es una maravilla que los peces puedan nacer y vivir en el agua del mar, que es salada, y que su especie no se haya extinguido hace tiempo», señala muy serio Guy de Maupassant en Todo lo que quería decir de Flaubert (Periférica, trad. de Manuel Arranz).
3.
La causa de esta inflamación virulenta de la conciencia política, entre otros órganos ventrales que han resultado afectados por la misma, no es otra que un axioma en el que creo firmemente desde que dejé de creer en la existencia de Dios y me convencí de la falacia de todos sus atributos. Es relativamente sencillo de expresar: si un cadáver mide menos de un metro y medio de largo, en horizontal, o de estatura, cuando estaba vivo, para mí no es un cadáver. Es otra cosa: algo demuestra la falsedad de la existencia divina y la maldad del hombre, y al hilo de estas demostraciones vendrán otras peores que nos harán más ciegos, y que tienen que ver con la hipocresía descarada y con los razonamientos más torticeros que he tenido que oír en muchos años, por parte de quien no quiere ver nada.
Sin más preámbulos, de pronto descubrí que mis escamas de pez de los bajos fondos estaban manchadas: mi sistema de navegación y el rendimiento de mis desvelos, y de mi trabajo, se estaba aprovechando para fines que jamás hubiera sospechado, y que no podía consentir. Abreviando, reproduzco (y la abrevio) la carta que el 20 de enero de 2009 tuve que enviar a Amos Oz, conocido escritor de nacionalidad israelí y Premio Príncipe de Asturias. Con la debida humildad, pues en lo primero, que es lo que cuenta, no le llego a la altura de los zapatos, aunque en lo segundo, que es accesorio, falto de distinciones no voy, me vi en la necesidad de exponerle con toda sencillez el dilema esencialmente moral que me embargaba.
Aquel día, conviene señalarlo, se cumplía un mes y un día desde que en Israel existe la Organización 18 de diciembre (http://december18th.org/). La componen personas menores de 20 años que, ante el llamamiento a filas que es obligatorio en su país, se han declarado objetores de conciencia y se niegan a empuñar un arma para ponerse al servicio del Estado. En este momento no lo sé a ciencia cierta: a finales de enero había cerca de cincuenta muchachos y muchachas encarcelados en las prisiones estatales de Israel, cosa que había ocurrido por vez primera en la historia de este país.

“Señor Oz:
”No tengo duda de que su tristeza y desolación ante los recientes abusos con que el ejército de Israel ha violado todos los derechos humanos, y el derecho internacional vigente, son mayores y más justificadas que en el caso de un simple ciudadano europeo. No tengo ninguna duda, por ser usted un novelista que con valentía ha tratado aunque sea de manera tangencial este penoso comportamiento por parte de su país. No me cabe duda ninguna, porque estamos hablando de atropellos que su país ha cometido recientemente y aún comete en la franja de Gaza sobre seres humanos que, por añadidura, son ciudadanos del Estado de Israel.
”(…) Hay algo que debo pedirle con el debido respeto y desde la convicción de que no puedo quedarme cruzado de brazos viendo o no viendo cómo se llevan a cabo estos actos de barbarie y crueldad que, acaso, nos recuerden otros tan lejanos y tan próximos al mismo tiempo. Antes debo explicar dos detalles que tal vez aclaren mejor mi postura. A nadie se le oculta que la peor decepción que se sufre en la vida es la que nos causa alguien a quien hemos admirado. Para mi generación, creo, el Estado de Israel fue durante años el héroe de nuestra adolescencia y juventud, que es cuando uno puede y debe elegir a sus héroes. La épica de aquel ejército que en inferioridad numérica y sin apenas armas repelió las agresiones sufridas por parte de otros Estados vecinos, y la entereza de un pueblo que construyó una nación a lo largo de varias décadas, fueron modélicas y admirables, a pesar de no haber sido del todo honestas. Por eso, la insensatez con que ahora han obrado ese Estado, ese pueblo en mayor o menor medida, y ese ejército en pleno, sólo puede inspirar la amargura más negra y la repulsa más firme.
”No quisiera reparar en la semejanza que existe entre las alambradas, los muros, el encierro en condiciones de absoluta penuria a que está sometido por la fuerza el pueblo palestino, y un pasado en el que todo eso lo padeció la ciudadanía judía de muchos países, entre ellos el mío. Pero confieso mi total desconcierto. Si un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla, la desmemoria de los israelíes ―o de quienes los dirigen― es no ya prodigiosa, sino que contradice de plano la inteligencia que se les supone. Y si no es desmemoria, es un ejercicio de perversión sin igual. Pero no creo que me corresponda a mí entrar en valoraciones de las que usted no tiene ninguna necesidad.
”En este momento de la historia se da un hecho diferencial que aporta una nueva dimensión a lo que presenciamos: hace setenta años, o hace ciento cincuenta, o hace más de cinco siglos, el ciudadano de a pie no estaba enterado de lo que sucedía a veces a escasa distancia de donde vivía. Ahora, en cambio, nadie puede cerrar los ojos ante lo que nos llega a diario.
”Un ciudadano europeo hoy no puede, o yo al menos no debo, contemporizar con estas atrocidades. Pensando en qué puedo yo, que no soy nadie, hacer frente a todo esto, descubro con gran consternación que si bien no consumo naranjas maduradas en Israel, ni tecnología israelí, ni productos bancarios que tengan ninguna relación con el Estado de Israel, el fruto de mi trabajo sí devenga impuestos que el Estado de Israel percibe, y que luego destina quiero creer que a obras públicas beneficiosas para sus ciudadanos, pero mucho me temo que también a otras actividades perniciosas y execrables. Y no puedo en conciencia permitir que así sea.
”Me refirio en concreto a la traducción de un libro suyo, La bicicleta de Sumji, que hice hace veintitrés años, y que hoy tiene explotación comercial en el mercado de lengua española por medio de tres editoriales: una de Madrid, otra de Barcelona, otra de México D. F. La cantidad anual que yo percibo por dicho trabajo es más bien modesta, pero siendo el 1% del total no me resulta difícil calcular a cuánto asciende la parte que percibe usted, que debe de ser unas 8 o 10 veces superior. Y esa cantidad ya no es tan modesta, de lo cual me alegro. No me puedo alegrar en cambio del porcentaje de dicha cantidad que, gracias a mi trabajo, que es de mi propiedad de acuerdo con las leyes vigentes en mi país, tanto como lo es el suyo, abona usted por obligación al Estado de Israel. Me remuerde la conciencia. Y por eso me veo obligado a pedir que esta situación no se prolongue.
”Sé que le pido un imposible, pero es que eso es algo que mi generación nunca ha dejado de hacer. Sé que por el contrato que tengo firmado con estas editoriales no puedo exigir que mi trabajo deje de utilizarse en beneficio de fines perversos, aberrantes e injustificables. No lo exijo: lo estoy pidiendo. Quiero pensar que un grano de arena en este desierto de iniquidad no sólo no es nada, sino que es exactamente eso: un grano de arena. Y de granos de arena están hechos los desiertos.
”Mi pequeña parte en las ganancias que su libro en mi traducción genera quedará destinada a partir de ahora a alguna organización que me dé garantías de que sabrá destinarla a beneficiar a los ciudadanos palestinos. Quisiera saber qué piensa hacer usted con la suya, porque por encima de los compromisos contractuales se halla una ley no escrita, a la que habré de acogerme para que, en última instancia, puestos a destruir vidas inocentes se destruyan los ejemplares de mi traducción y mi conciencia pueda seguir sintiendo el dolor, la incredulidad y la angustia, aunque al menos con la tranquilidad de saber que yo ya no tengo nada que ver una atrocidad sistemática, a la que es preciso poner fin ahora mismo.
”Cordialmente, etc. ”
4.
Siendo Oz novelista, me permití incluir en la carta esta apostila: «Allá se lo haya cada uno con su pecado ―dice don Quijote al ver la fila de galeotes encadenados―; y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres.» Es una cita que está en la primera parte del Quijote, cap. xxii.
Recibí una respuesta, es natural. Hasta el penúltimo mono recibe una respuesta cuando toca la tecla oportuna y quien se la debe es hombre de ley. No estoy autorizado a reproducirla, ni siquiera he pedido autorización. Se hubiera armado una gorda. Pero sí puedo describirla y glosarla. Decir, por ejemplo, que Oz no debía de tener ganas que le recordasen a Cervantes, abrumado por la situación y la inminencia de las elecciones, que luego fueron una catástrofe de la que sólo cabe esperar catástrofes mayores. Tal vez se había ilusionado con el resultado posible. Dijo haber leído y releído mi carta; dijo que estaba escrita con profundo dolor y con ira, dijo haberla leído con dolor. Tiene gracia, porque el manifiesto del IJSN, del que doy enlace más abajo, empieza casi con las mismas palabras: “We write with grief and rage as we watch the horrifying Israeli air and ground attacks on Gaza. As Jews committed to ending Zionism, the founding ideology of Israel, and all forms of colonialism, we stand in solidarity with the Palestinian people, who continue to struggle in the face of these attacks, much as they have against more than 60 years of ethnic cleansing and racism.”
Afirmaba Oz ser muy crítico con la operación israelí en Gaza, que le mereció estos calificativos: cruel, excesiva y desproporcionada. Acto seguido ―y poco faltó para que dejase de leer, porque quien es capaz de comparar la potencia bélica del ejército israelí con los cohetes mal armados de los palestinos es que realmente cree que los dinosaurios se pueden matar con tirachinas―, me recriminaba no haber dicho en mi carta nada, ni una palabra, sobre los ocho años durante los cuales Hamas ha bombardeado sistemáticamente el desierto del Neguev. Durante ocho años, venía a decir, Israel aguantó sin mover un dedo y soportó la caída en suelo patrio de unos diez mil cohetes y de bombas mortales ―sin decir cuántas― en ciudades y pueblos, sobre mujeres y niños. Durante ocho años Israel se abstuvo de responder. (A lo cual de buena gana le hubiese preguntado: ¿y por qué ahora? ¿Qué ha cambiado? Pero ya se sabe que estas atrocidades obedecen a razones que, de puro sinuosas y ocultas, son claras y evidentes.) Oz, por casualidad, vive en el Neguev y sabe bien de lo que habla, aunque su pueblo no ha sido bombardeado por Hamas. Larga parrafada que concluía con su asombro ante mi silencio sobre tamaña barbaridad.
Insistía en su tajante desacuerdo con la operación del ejército israelí, seguro de que debería haber intentado mantener abiertos los canales diplomáticos. Y su conclusión, a propósito de mi declaración de intenciones, era una lindeza retórica que no tiene desperdicio, pero que apunta a la lógica torticera de la que hablaba antes: a su entender, boicotear a Israel es una idea errónea e incluso perversa. Antes de optar por una cosa así, conviene tener en cuenta que cientos de millares de israelíes partidarios del movimiento pacifista de Israel luchan por una solución pacífica al conflicto, por la coexistencia entre Israel y un estado palestino soberano en Cisjordania y Gaza, por un compromiso histórico entre ambos rivales. El final de su misiva era helador: si boicotea usted a Israel, boicotea a esos activistas por la paz, a todos los que luchan por la coexistencia, a los que votan, decía, en contra del actual gobierno. Dicho de otro modo, y me permito una sola cita textual, de obrar así «usted también estará boicoteándome a mí».
Todo lo cual da bastante miedo, a qué decir lo contrario. Que Oz hablase de boicot me dolió en lo más profundo: me dolió en la conciencia lingüística, no en vano es un escritor. Boicotear, como verbo, significa sumar fuerzas en la negativa a mantener tratos con una determinada parte, con el fin de castigarla, coercerla, etc. Y yo en todo momento había expresado una intención solitaria, que sólo a mí incumbe, a mí y a mi conciencia, sin hacer ni una sola referencia a ninguna disposición gregaria. Pero se ve que estos israelíes no conciben que alguien pueda actuar por su propia iniciativa, al margen de cualquier colectivización ―¿o habrá que decir “kibbutzización”?― de las propias aspiraciones.
5.
Para colmo, me tocó templar gaitas, porque una de las editoras que me tuvieron que dar respuesta puso el grito en el cielo al ver su nombre intachable manchado por el contacto con una iniciativa inmunda como la mía. El contacto horripilante y contagioso consistió en que yo le había puesto copia de mi carta a Amos Oz. Dejó bien claro que ella no me había facilitado su dirección, con lo cual se retrató en su histeria si se piensa que antes de enviar mi carta yo llamé por teléfono a su agente literario, cuyo teléfono encontré en Internet, para pedirle permiso para enviar esa carta, permiso que me dio. La editora me exigió disculpas. Lejos de ver ninguna culpabilidad en mi manera de proceder, no le pedí disculpas por lo que entendía que era y es un elemental gesto de cortesía. Me limité a dejar bien claro que nunca había tenido nada que ver con mi misiva, mi aspiración, mi decisión, etc. Tampoco tendría nada que ver con todo ello más adelante, prefiriendo rápidamente llamarse andana.
Por suerte, otra editora que sí que tuvo a bien darme respuesta me dio la mejor de las posibles: me dio garantías de que no se imprimirá una nueva tirada de mi traducción, hecho que le honra y le agradezco. Una tercera editora, que también tenía vela en este entierro de cadáveres excesivamente pequeños, que son los que de veras manchan, y de papel impreso y todo lo demás, se salió por la tangente con un triple salto mortal sin red que me tiene obnubilado: habrá que ver, dijo, qué podemos hacer para satisfacer la demanda del traductor sin tener que volver a traducir el libro, con el coste añadido que supone y en tiempos de vacas flacas como los que ahora corren. ¿Debo decir que lo que se propone es una contradicción imposible de resolver?
Así que a la espera estamos del definitivo desenlace de esta triste historia, el pez y yo, sentados en las playas de Gaza, viendo a los surfistas disfrutar de la ola lenta que viene cruzada del Líbano cuando cae la tarde, viendo a las chicas pasar con sus vestidos veraniegos, allí donde no existe una sola vaca, ni gorda, ni flaca, esperando el siguiente sarpullido de cacoético furor que se declare en el vecino Estado, viendo cómo se va poniendo el estado… de las cosas.
ENLACES
Enlace 1 (página oficial del movimiento judío anti-sionista)
Enlace 2 (con versión en castellano)
Enlace 3 (un artículo increíble del que tengo traducción en castellano por si alguien lo quiere leer: deja la ciencia ficción a la altura del betún, pero todo en él es cierto)
Enlace 4 (más sobre los aspectos económicos de la invasión de Gaza, por si alguien creyera que algunas cosas son gratis)
Enlace 5 (una reflexión gráfica en forma de paralelismo evidente)
Enlace 6 (donde los israelíes reconocen lo hecho con todas las letras)
Enlace 7 (sobre la infiltración de los fundamentalistas israelíes en el ejército,
Enlace 8 (en su blog, J. A. Rojo se hace eco de las noticias recientes sobre los desmanes del invasor, tal como el invasor los ha reconocido)
Enlace 9 (donde se puede ver el edificante espectáculo de las camisetas alusivas que ha hecho imprimir el ejército israelí, y que se usan con total impunidad, y de las que parece que hay una gran demanda)
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