EL VIAJE CONTRACORRIENTE DE LOS SALMONES
por Jesús Arana
Nº24 OTOÑO 2007
Publicado 08/10/2007

 

La pesca del salmón en Yemen / Paul Torday.- Salamandra, 2007

Reparé por primera vez en esta novela este verano en una pequeña librería de una ciudad costera. El librero le había puesto encima una etiqueta recomendándola y no sé por qué, por el gusto con el que estaba puesto el escaparate, por los libros que estaban a la vista en los expositores y por el ambiente tan acogedor que se respiraba en esos pocos metros cuadrados, ese recomendación me inspiró confianza. Tampoco era ajeno al hecho de que la hubiera editado Salamandra, un sello al que debo algunos de los mejores momentos de lectura de los últimos meses. El caso es que en cuanto tuve ocasión me hice con un ejemplar y empecé a leerla. Cuesta creer en las primeras páginas, cuando el lector asiste a un intercambio de correos electrónicos entre distintos funcionarios de un departamento de pesca, que allí vaya a encontrar una historia que le pueda enganchar, pero así es. En la novela no hay propiamente hablando un narrador. Toda la trama se va construyendo a partir de documentos fragmentarios: informes de un interrogatorio, extractos de una autobiografía inédita, entradas de un diario, notas de prensa, cartas, correos electrónicos… Lo prodigioso es que una vez terminada la novela a uno le queda la sensación de una gran unidad y una gran coherencia. Paul Torday se comporta como un prestidigitador. No tenemos ni idea de cómo lo ha hecho, pero no cabe ninguna duda de que la paloma que sale volando del pañuelo está viva. Como la historia de Alfred Jones, un ingeniero experto en piscicultura; el jeque Mohamed, un visionario empeñado en llevar salmones a Yemén (uno de los países más desérticos de la tierra); y Harriet Chetwode-Talbot, una ejecutiva de una gran empresa a la que encargan el proyecto y de la que el tímido y formal doctor Jones se va enamorando sin remedio. La historia está llena de personajes secundarios, desde el primer ministro inglés y algunos de sus asesores, hasta esa antipática Mary Jones (la esposa de Alfred obsesionada por su carrera) o el soldado ausente con quien está comprometida Harriet, y de situaciones a veces delirantes, como esos correos de Al Qaeda buscando entre unos pobres cabreros del desierto terroristas dispuestos a desplazarse hasta Escocia para atentar contra el Jeque o esas cartas censuradas por el ejército que recibe Harriet y que sólo son una suma de tachaduras. El humor está presente en todas las páginas, pero es un humor tan sutil que a veces nos preguntamos si el autor se está quedando con nosotros. Todo el argumento parte de una gran tomadura de pelo. Pretender llevar salmones a Yemen debe ser algo parecido a querer criar pingüinos en Los Monegros o en Las Bardenas. Y sin embargo ahí está todo el tiempo el jeque Mohamed hablando de la pesca como una especie da camino de conocimiento que llevará la paz a su país, hablando con un lenguaje que nos recuerda a Paulo Coelho de que sin “fe no hay esperanza y sin esperanza no hay amor”. En la novela hay una crítica mordaz a las falsedades de los políticos y a la utilización de los medios de comunicación con fines propagandísticos. Hay una amarga burla implícita de los motivos de los terroristas y también de la guerra que llevan los países occidentales a esos países. Hay una denuncia velada de nuestra forma de vida consumista. Todo es fácilmente reconocible y no nos cuesta sonreír con las ocurrencias de Torday. Pero al cerrar el libro al lector le queda una duda. Cuando asistimos a esa transformación radical del racionalista Alfred Jones, una transformación debida en parte a la fe que termina teniendo en un proyecto utópico y en parte al amor ¿el autor está hablando en serio o en broma?, ¿cómo tenemos que tomar las declaraciones del doctor Jones en las últimas páginas de la novela durante el Interrogatorio al que se ve sometido (la razón de ese interrogatorio sólo la sabemos al final y es un final realmente sorprendente) cuando dice: “comprendí que el jeque no se había referido o no exactamente a la fe religiosa. No estaba tratando de convertirme al islamismo, ni de que creyera en determinada interpretación de Dios. El jeque sabía que era un científico maduro, frío, cauto (así era yo entonces). Sólo estaba insinuando cuál era el primer paso que debía dar. Había empleado la palabra fe, pero se refería al hecho de creer”. Y añade que en Yemén (donde ha tenido que ir ya muchas veces) “en aquel país y en aquel lugar desértico, intuí que lo que lo diferenciaba de mi país no era la ropa ni el idioma, no era la costumbre ni la sensación de estar en otro siglo, ninguna de esas cosas. Era la confianza, la presencia ubicua de ese creer en algo”. Cuando leemos estas cosas no sabemos si por un momento el autor nos está señalando un camino o por el contrario nos está embaucando para que resulte más efectivo ese final en el que todo el sueño se acaba desmoronando y nos quedemos más convencidos aun de que de nada sirve soñar. Se trata en cualquier caso de una novela inteligente, divertida y de una ironía a veces desconcertante.

 

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